Un diálogo con Carlos Pérez Guartambel

Luego de conversar con Pérez Guartambel me queda claro el miedo del gobierno a la enunciación de la voz indígena. Los argumentos de este líder son claros, sus enunciados son sólidos. Por eso se busca caricaturizarlo, minimizarlo y desprestigiarlo. Es el miedo. El miedo a que la voz indígena, sin intermediarios, ni tutores se desborde, y genere las transformaciones que pongan en peligro los autoritarismos, la depredación y el colonialismo.

ANDRÉS ORTIZ LEMOS          17 de julio del 2016

La sociedad ecuatoriana es racista en todos sus niveles. Muy racista. Realice una breve aproximación a quienes constituyen las élites políticas, económicas, académicas, y culturales en el país. Muy difícilmente encontrará indígenas o afro descendientes entre ellas. Desde luego eso no es nuevo, y como todos sabemos es parte de la inercia generada desde la conquista española, y continuada de manera diligente por la república establecida en el siglo XIX perfeccionada hasta nuestros días.

La palabra oculta

La invalidación de los indígenas como sujetos con voz propia, ha sido un elemento tan naturalizado en la proto–esfera pública de nuestro país, que incluso los movimientos culturales de vanguardia que buscaban exaltarlos y romantizarlos estuvieron conformados en su abrumadora mayoría por pensadores blanco mestizos. Así pues, durante la primera mitad del siglo XX, literatos como Jorge Icaza, Jorge Carera Andrade, o José de la Cuadra, denunciaban las desventuras de aquel grupo tradicionalmente sujeto a la subalternidad, pero como un ejercicio artístico, a lo lejos, ubicados desde su propia condición blanco mestiza.

Icaza arenga líricamente ñucanchi huasipungo, desde la voz de su personaje Andrés Chiliquinga, mientras Carrera Andrade imita los primeros versos del Canto a mí mismo de Walt Whitman, reclamando la voz colectiva de los indígenas en su poema Boletín y Elegía de las Mitas. Pero ni Icaza sabe lo que es dormir en una choza de barro, y vivir los abusos del hacendado, ni Carrera Andrade podría conjugar en sus propios versos las voces de sus anónimos representados. José de la Cuadra, con menos intereses moralistas, plantea relatos crudísimos como Merienda de Perro, como efectiva materia prima para su trabajo literario, pero siempre detrás de la baranda. Como un espectador.

En la segunda mitad del siglo XX, varios intelectuales hicieron público su respaldo a los derechos de los indígenas, y su denuncia a las condiciones de inequidad del régimen de hacienda al que estaban sometidos. En este contexto Jaime Galarza Zabala publicó El yugo feudal, ofreciendo una visión campesinista de los temas indígenas; mientras Agustín Cueva, abordaría, solo de manera periférica el tema indígena en su obra El Proceso de dominación política en el Ecuador, definiéndolo mayormente como una problemática sujeta a determinado modo de producción. Pensadores más sofisticados como Bolívar Echeverría, generarían aportes teóricos más novedosos como la descripción de los conflictos indígenas por condiciones como la colisión de códigos civilizatorios superpuestos. Sin embargo, en la mayoría de casos, el marxismo y sus diversas variantes literarias serían usadas como claves de interpretación de los conflictos indígenas y redactados con más o menos sofisticación o complejidad.

Varios intelectuales han criticado la tendencia de las élites (poco importa si son intelectuales, políticas o económicas) de hablar sobre los indígenas, o en nombre de ellos, sin tomarlos como actores con voz propia.

En efecto, las narrativas y teorías europeas saturan el entendimiento de los autores mencionados y la gran constelación de sus pares contemporáneos. Los indígenas otra vez son personajes anónimos, sin voz, cuya vida y realidad ha de explicarse desde las estrictas categorías de la mitología marxista. Poco importa la ortodoxia de Cueva o la sofisticación de Echeverría, el resultado es el mismo. Una producción intelectual generada desde la élite blanco mestiza y atesorada y leída por ella misma. Le aseguro que nadie se sienta durante las noches a discutir con desenfado los pormenores del ethos barroco en medio de una comunidad indígena del Chimborazo.

Desde luego, varios intelectuales han criticado la tendencia de las élites (poco importa si son intelectuales, políticas o económicas) de hablar sobre los indígenas, o en nombre de ellos, sin tomarlos como actores con voz propia. Andrés Guerrero llamó a esta condición Ventriloquia, mientras Carlos Arcos, en su libro Memorias de Andrés Chiliquinga plantea, un ejercicio irónico sobre que diría y sentiría un indígena contemporáneo sobre las representaciones impuestas a él desde las tradiciones indigenistas.

En el ámbito de la política formal, la temática es, desde luego, mucho más dramática. Apenas en la Constitución de 1978 se incluyó el sufragio universal (al permitir que personas que no sepan leer puedan votar) y esto permitió a los indígenas (tradicionalmente excluidos de la educación formal) entrar en el juego de la democracia delegativa. Por supuesto, el sistema de partidos políticos solo tenía espacio para representantes de las élites blanco mestizas, y el tema indígena fue encasillado al problema campesino y a las disputas en torno a las fallidas reformas agrarias. La posibilidad de votar no generó cambios reales en las condiciones de vida de las comunidades. Durante la década de los ochentas, ni siquiera los líderes más importantes de la sociedad civil, en ese entonces los sindicalistas, se tomaron en serio a los indígenas y sus demandas más allá de verlos como camaradas campesinos, otra vez desde categorías blanco europeas.

El lenguaje usurpado

En 1986, se fundó la CONAIE, congregando la mayoría de organizaciones indígenas del Ecuador, como un espacio para definir, hablar, y fortalecer sus palabras. Con este antecedente, en 1990, durante el gobierno de Rodrigo Borja, se dieron condiciones particulares para que una de los más importantes movilizaciones indígenas cobrara características nuevas. Había un descontento, un malestar no completamente definido. Se realizaron demandas por tierras, pero también juicios populares a autoridades locales que habían maltratado y abusado de los indígenas. El levantamiento fue pacífico, las personas jóvenes y los intelectuales apoyaron a los levantados, el gobierno de Borja, relativamente respetuoso de los derechos humanos, evitó la represión y permitió el diálogo.

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El intento de quitar la sede a la Conaie fue una de las maneras de atacar al movimiento indígena, según Pérez Guartambel.

Los indígenas toman la palabra

No fueron los académicos de alguna universidad de posgrado (por regla general poblada por jóvenes de clase media alta y blanco mestizos) quienes  inauguraron el cuestionamiento a la democracia elitista (o sea la democracia delegativa) en el país. Fueron los indígenas los que manifestarían que “esta democracia es una desgracia” (cito la consigna de aquella época) y fueron ellos los que demandaron la instauración de un Estado plurinacional. No se pedía  un escenario de venganza hacia los colonizadores (al estilo Zimbawe) sino un espacio de convivencia y respeto hacia el otro. Desde luego había más demandas vinculadas a la educación, la autonomía, los espacios vitales, y el respeto a la tierra. Líderes importantes como Nina Pacari y Luis Macas tomaron la palabra, rememorando a figuras históricas como Tránsito Amaguaña, o Dolores Cacuango, pero aprovechando su formación para hacerse oír en los códigos hablados por las élites.

Sin embargo la palabra de los indígenas ha tenido un espacio indistinto para insertar sus demandas y procesar sus necesidades en una sociedad que no ha dejado de ser racista. Los líderes indígenas buscaron  un espacio en el juego de la democracia formal con la creación de Pachakutik en 1995, con resultados limitados. La contundencia de la organización, y sus levantamientos jugaron un rol importante en  el rostro político del país, aunque en cierta forma continuaron siendo utilizados por los intereses de la sociedad política, por ejemplo en el derrocamiento de Bucaram en 1997, que facilitó las agendas de sus rivales políticos.

La Constitución de 1998, entregó a los indígenas una suerte de éxitos mixtos: se inauguraron los derechos colectivos, cediendo en cierta forma la idea liberal de ciudadanía que primaba hasta entonces.

Varias demandas del movimiento indígena, ahora populares entre los jóvenes y envestido de un aire de autoridad por su contundencia en movilizaciones nacionales,  fueron asimiladas en la redacción de la Constitución de 1998. Pero con un éxito ambiguo. Se instauró un Estado plucicultural y multiétnico, sí, pero el modelo económico establecido en la Carta Magna era diferente al que buscaban las  bases indígenas. Por supuesto este obedecía a los intereses de las élites políticas y económicas que nunca habían dejado la hegemonía.

La Constitución de 1998, entregó, eso sí, a los indígenas una suerte de éxitos mixtos: se inauguraron los derechos colectivos, cediendo en cierta forma la idea liberal de ciudadanía que primaba hasta entonces. Se generaron Consejos para el Monitoreo de Políticas Públicas, de donde nació el CODENPE, Consejo de Desarrollo de las Nacionalidades y Pueblos del Ecuador, donde con fondos estatales se procesaban demandas de interés de organizaciones indígenas permitiendo la formación de líderes. Además se permitió cierto nivel de autonomía fortaleciendo instancias como la educación bilingüe y la salud indígena. Además, la presencia de figuras públicas y cuadros indígenas en la sociedad política posicionaron al movimiento ante la proto-esfera pública.

Las élites no tardaron en utilizar el peso simbólico de los indígenas. Jamil Mahuad en su discurso de investidura presidencial no dudó en darnos un notable sermón sobre las mieles de la cosmovisión aymara. Poco tiempo después, cuando el mencionado presidente fue obligado a renunciar, se conformó una junta de gobierno transitoria conformada por militares, el más visible, Lucio Gutiérrez, y el líder indígena Antonio Vargas. Es decir, a cierto segmento de la dirigencia le gustaba la idea de tomar parte en las élites políticas, aunque fuese de modos suigéneris.

El vértigo de las instituciones

El proceso de administración de recursos hacia temas indígenas generaron dos fenómenos: El primero tuvo que ver con un proceso cercano a la coptación, donde se generaron disputas en la dirigencia por la negociación de espacios de poder en los gobiernos de turno y en las instituciones mixtas que tenían participación indígena (siendo el período de Gutierrez, especialmente notable),  así como un proceso afín desde el manejo de fondos no gubernamentales, nacionales, y transnacionales en cuanto a instancias como el proyecto PRODEPINE y la constelación de ONG que colaboraron con actores indígenas, propagando ambiguos proyectos de desarrollo en  las comunidades, creando  brechas entre las dirigencias y sus comunidades básicas.

Con la nueva crisis política tras la caída de Lucio Gutiérrez y el evidente desgaste del movimiento indígena como actor político, la revolución ciudadana (la cual debe considerarse una anomalía de la misma sociedad civil) recogió de manera meticulosa los principales discursos históricos de las organizaciones indígenas, dando la apariencia de ser una opción válida a sus demandas. Ante el fracaso en la primera vuelta de Luis Macas en las elecciones del 2006, el grueso de las organizaciones indígenas abrazaron y apoyaron el proyecto de Rafael Correa.

La trampa de del revolución ciudadana

El correísmo fue muy hábil al tomar varias de las demandas históricas de las indígenas, transformarlas en consignas y vaciarlas de sentido. Así se aseguró el apoyo de estas organizaciones, pero se aseguró que los significados de sus discursos queden sujetos a los intereses del nuevo movimiento político.  Estado plurinacional, Derechos de la Naturaleza, Buen Vivir, Derechos Colectivos, Consejos de la Igualdad, Consulta Previa, son algunas de las categorías vinculadas con intereses indígenas, que el correísmo transformó en slogans carentes de sentido, a fin de conseguir el apoyo de las bases indígenas mientras la estructura autoritaria de la revolución ciudadana se consolidaba. Básicamente durante el período constituyente y el régimen de transición.

Las principales organizaciones indígenas se dieron cuenta del engaño cuando las estructuras normativo institucionales del régimen disciplinario correista ya había sido, mayormente, consolidadas. Por ejemplo, mientras la Constitución demanda la creación de varias normativas y leyes, solo una de ellas fue redactada con diligente rapidez cumpliendo las necesidades de los grupos de interés alrededor de ellos: la Ley Minera. Afectando intereses y promesas realizadas a los indígenas que afectaban a sus territorios y sus recursos.

Una abrumadora cantidad de  activistas, dirigentes y personas que respaldan las demandas de las organizaciones indígenas han sido encarcelados, acusados de terrorismo.

Una abrumadora cantidad de  activistas, dirigentes y personas que respaldan las demandas de las organizaciones indígenas han sido encarcelados, acusados de terrorismo.

Rápidamente se pusieron en entredicho otros espacios de interés indígena, como la educación bilingüe, e instancias como el CODENPE, que fueron asfixiados en cuanto a su presupuesto. Lugares de formación del pensamiento indígena en base a sus propios códigos también fueron contrarrestados. Así, se cerró la universidad Amauta Huasi. Incluso la sede de la CONAIE (otorgada por Borja en los noventas) fue puesta en la cuerda floja. El mismo Rafael Correa se atrevería a afirmar que los indígenas no entendían realmente lo que era la plurinacionalidad.

Una abrumadora cantidad de  activistas, dirigentes y personas que respaldan las demandas de sus organizaciones han sido encarcelados, acusados de terrorismo, sabotaje, y otros cargos. Una persecución abiertamente racista se ha cernido sobre los actores críticos al gobierno, y esta ha sido particularmente intensa si estos son indígenas. En efecto, el gobierno buscó, desesperadamente, anular la voz de los indígenas. Minimizar su palabra. Trivializar su opinión. Ese es probablemente el elemento más conflictivo del régimen. Buscar erosionar, contrarrestar y opacar el poder del lenguaje, el universo mental de los indígenas.

Por ello nos interesa saber a qué le teme la élite, política y económica (blanco mestiza por supuesto), ejercida por el  régimen de autoritarismo consensual de la Revolución Ciudadana. Para entender esto de mejor manera recurriremos directamente a la voz de los indígenas, de sus líderes, sus dirigentes medios, sus bases, sus actores tanto públicos como anónimos. Se busca ver cómo la sociedad política, la democracia, la participación y los derechos son observados y definidos por los mismos indígenas. En este artículo, el primero de una serie, se inicia esta aproximación a través de  un diálogo con el  presidente de la Ecuarunari, Carlos Pérez Guartambel.

Carlos Pérez Guartambel: en temas indígenas, el gobierno está meando fuera del tiesto

El presidente Correa tiene un particular interés en menospreciar la posición de las organizaciones indígenas críticas. El discurso estatal y el imponente aparataje comunicacional del gobierno hacen énfasis constantemente en la supuesta  ingenuidad, infantilismo, y falta de enunciados técnicos de las demandas indígenas. Las acusaciones son especialmente sensibles cuando los conflictos están relacionados con el manejo y la explotación de recursos naturales, y particularmente la minería. Un elemento notablemente paradójico en un gobierno cuyo modelo de desarrollo promete generar cambios en la llamada “matriz productiva”, que lleven a superar la dependencia de la exportación de  bienes primarios. Pero, ¿son realmente ingenuas las voces indígenas y sus demandas en este ámbito? Para saber esto deberíamos escuchar a uno de los líderes más comprometidos de este movimiento, el abogado Carlos Pérez Guartambel ,dirigente de la Ecuarunari.

De origen Cañari, Pérez Guartambel ha liderado varias movilizaciones y diversas manifestaciones a favor de los derechos indígenas, y la defensa de la naturaleza. Si alguien se dejara llevar por la campaña de desprestigio gubernamental, podría pensarse que  Pérez Guartambel basa su discurso en quejas ingenuas que contradicen la eficiencia de un proyecto político bien estructurado, incluyente y con un plan de desarrollo de notables alcances técnicos, como la Revolución Ciudadana. Sin embargo un análisis más detenido nos muestra lo contario.

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Pérez Guartambel, en la foto a la izquierda, durante una acampada de las movimientos sociales en el parque El Arbolito.

Cuando Pérez Guartambel cuestiona el enfoque gubernamental sobre los derechos indígenas sabe de lo que habla. En efecto, es autor del libro Justicia Indígena (2010) un extenso y muy bien documentado tratado acerca de la relación, tensiones y efectos del sistema jurídico ecuatoriano sobre las normas y formas de justicia indígena, supuestamente amparadas por la Constitución y las leyes. En el mencionado texto, Pérez Guartambel deja en entredicho el alcance de la versión de plurinacionalidad descrito en la Constitución de 2008, y defendido por el discurso oficial, y argumenta que al contrario de lo propuesto, la autonomía de las organizaciones indígenas ha sido erosionada por las políticas recesivas de la Revolución Ciudadana. Otras nociones, adoptadas de las tradiciones indígenas, en el discurso del gobierno como por ejemplo la idea de  Buen Vivir, también son expuestas. El correísmo “ha robado”, afirma Pérez Guartambel, varias propuestas de los indígenas; ha trastocado su significado y las ha enmascarado para legitimar sus propios intereses políticos.

La erosión y extinción de instancias como la educación bilingüe, y su reemplazo por instituciones estatales alineadas a la cosmovisión occidental, también son denunciadas por el líder indígena como un intento por alienar al pensamiento autónomo de las comunidades. Se trataría de distorsionar su voz, para que solo pueda escucharse el lenguaje de los colonizadores. En palabras de Pérez (desde una conversación que mantuvimos en Ecuarunari) “los intelectuales solo se pasan masturbando, no conocen la verdadera esencia de lo que es ser indígena … además de la educación bilingüe, se cerró la universidad indígena…para meter las mentes en un solo saco, como a la caña se le mete en un trapiche, para  que seamos funcionales al sistema, para que no seamos críticos, para que seamos una pieza más del engranaje estatal como una tuerca más en un maquinaria”.

Pérez Guartanbel denuncia la manera en que el gobierno ha tratado de distorsionar la imagen de los indígenas a los ojos de la opinión pública.

Además,  Pérez Guartambel denuncia la manera en que el gobierno ha tratado de distorsionar la imagen de los indígenas a los ojos de la opinión pública. Así pues plantea que “los medios de comunicación del Estado nos han satanizado, han sido  más  perniciosos que los medios privados pues nos han dividido, confundido estigmatizado, nos han aniquilado, invisibilizado.  La  Ley de Comunicación ha excluido a los indígenas: por ejemplo se dice que debería haber 34% de frecuencias para las comunidades pero en la práctica  no se cubre ni el 1% pues se prioriza a grupos de interés”. En la conversación, Pérez señala este tipo de estrategias como un mecanismo para anular de manera metódica y paulatina las voces de los indígenas y su potencial alcance emancipador.

Otro de los ámbitos críticos de Carlos Pérez es la lucha contra la concesión de proyectos mineros en territorios  ecológicamente sensibles, y la advertencia de secuelas y contaminación que afecte la calidad de vida de las comunidades. Pérez no se dedica a repetir consignas y gritar demandas irracionales, como acusa el gobierno oficial. De hecho Pérez Guartambel es autor de otro libro, Agua u oro ( 2012) en el cual realiza una sólida argumentación sobre las discutibles ventajas de la minería y sus ambiguas promesas de desarrollo. Pérez da ejemplos bien documentados de las insuficientes ventajas económicas para las comunidades aledañas a los proyectos mineros, y la enorme cantidad de pasivos que estas generan. Particularmente en el tema ambiental.

El libro señala el deterioro de las fuentes de agua y los consabidos efectos para la salud y el bienestar de los grupos humanos cercanos. El libro continúa con la descripción de la resistencia de la comunidad en Kimsacocha, al sur del país, a un proyecto minero y sus discutibles intereses primarios en la zona. El libro es un sólido argumento en contra de varios mitos de la modernidad: el mito del desarrollo, desde los valores occidentales y la visión capitalista de acumulación; el mito de la ciencia y la técnica como garantes de procesos extractivos limpios. De hecho Pérez demuestra con evidencia científica que no existen procesos mineros confiables y que el uso y contaminación de inmensas cantidades de agua genera efectos contrarios a las promesas enunciadas alrededor de esta industria. Finalmente, critica, el mito del “socialismo del siglo XXI”, que no es más que una estrategia para legitimar viejos procesos coloniales. Para Pérez Guartambel, la industria minera no es más que una extensión del colonialismo y la revolución ciudadana una nomenclatura enfocada a legitimarla.

Si bien el presidente de la Ecuarunari ha escrito libros y documentos que harían quedar a los tecnócratas de la SENPLADES como aprendices, él mismo es bastante crítico de los académicos tradicionales: “las ideologías, ya sean de izquierda o de derecha son a final de cuentas parte del sistema colonialista”. Pérez tiene razón, note usted que los libros y los autores de libros sobre el movimiento indígena, escritos por blanco mestizos son en realidad mucho más conocidos que los pensadores indígenas. Las doctrinas políticas obedecen a lógicas eurocéntricas y pretender encasillar a los indígenas en base a ellas es un error. Peor aún, hablar en nombre de ellos desde esas mismas categorías.

Pérez Guarmantel comenta: “hasta ahora se da el hecho de que los intelectuales y académicos creen que nos van a  dar pensando y se convierten en los nuevos tutores, los tutores contemporáneos que antes estaban constituidos por la Iglesia, el Estado, y eso es igual de colonial. Los tiempos van cambiando y el mundo puede dar un salto cualitativo. Se debe rebasar la clasificación de izquierda y derecha. Ahora estamos resistiendo al extractivismo, y este puede venir de gobiernos de derecha o supuestamente de izquierda como en Ecuador.  Este gobierno que se define de izquierda nos ha hecho tanto daño, por habernos robado potentes principios como derechos  colectivos, derechos a la  resistencia, el buen vivir, los derechos de la naturaleza. Este rato izquierda, derecha, socialistas y todos los demás son extractivistas.  Nosotros no somos sn capitalistas ni comunistas, somos comunitarios y, sobre todo, tenemos potente conexión espiritual con la Madre Tierra. Nuestra visión es cosmocéntrica, biocéntrica, no antropocéntrica”, plantea el dirigente.

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El dirigente de Ecuarunari durante una de las movilizaciones populares contra el gobierno, en el 2015.

“El gobierno jamás entendió lo que es la plurinacionalidad, y en ese tema está meando fuera del tiesto. Los indígenas defendemos principios milenarios”: Carlos Pérez Guartambel.

Al preguntársele cómo ha percibido la idea de plurinacionalidad delineada en la Constitución de Montecristi y ahora usada en el discurso de la Revolución Ciudadana,   respondió:  “Correa nos robó la idea de una asamblea nacional constituyente, parecía que estaba haciéndolo bien pero pronto vimos las trampas. Por ejemplo, la manera en que nació la ley de minería¨ Entonces se volvieron críticos. El dirigente añade:  “para el gobierno lo plurinacional es que venga un indígena a adornar el escritorio, como un objeto folklórico, mientras que para nosotros la plurinacionalidad significa que todos los pueblos exijan libre determinación, y el ejercicio autónomo en justicia, educación, salud, gobiernos propios autónomos. Esa es la verdadera democracia, nunca podrá haber democracia sin plurinacionalidad y libre determinación de los pueblos”.

Pérez va más allá y añade que “el gobierno jamás entendió lo que es la plurinacionalidad, y en ese tema está meando fuera del tiesto. Los indígenas defendemos principios milenarios, de reciprocidad, dual complementariedad, paridad, representatividad, paridad. No creemos que  la suma de individuos hacen lo colectivo sino que cada individuo hace a lo colectivo y desde lo colectivo actúa recíprocamente hacia lo individual”.

Luego de conversar con Pérez Guartambel me queda claro el miedo del gobierno a la enunciación de la voz indígena. Los argumentos de este líder son claros, sus enunciados son sólidos. Por eso se busca caricaturizarlo, minimizarlo y desprestigiarlo. Es el miedo. El miedo a que la voz indígena, sin intermediarios, ni tutores se desborde, y genere las transformaciones que pongan en peligro los autoritarismos, la depredación y el colonialismo.

 Artículo publicado originalmente en la revista Plan V